Del Libro del Viajero de Edrenor Fragmento I


—Rocaverde (valle de Eorient) Palabras del narrador.


Me propuse escribir este libro para aquellos que deseen caminar Edrenor, como lo he hecho yo. No porque el mundo carezca de voces que lo cuenten, sino porque casi siempre esas voces son de mercaderes que exageran precios, soldados que presumen de victorias o sacerdotes que prefieren hablar de dioses antes que de caminos. Y todo viajero sabe que, cuando los pies arden y el hambre aprieta, lo que uno necesita no es un sermón, sino saber dónde encontrar agua, qué posada cobra justo, y qué sendero te lleva a destino sin perder tres días de rodeo.”

No sé quién diablos leerá estas líneas —si llega a leerlas alguien—, pero, si lo hace, que lo sepa: Edrenor es complejo. Te alejas un poco de lo que conoces y el mundo te devora. Por eso mismo pretendo darles una pequeña guía. No es que tenga mucho que hacer por las noches —cuando no ando buscando un lugar donde dormir o un juglar que escuchar—, así que este es un buen pasatiempo, incluso para alguien como yo, que ha caminado este mundo de punta a punta tres veces. Empezaré por el valle de Eorient —hay bastante qué decir de este sitio y su gente—. Rocaverde comparte territorio con Andor, y a menudo se dice que no hay frontera entre ambas, salvo en quehaceres. Rocaverde presume de torres, Andor de huertas. En Rocaverde las monedas suenan más, en Andor la gente aún mide el valor en favores y en lo que las manos pue den cargar. Las calles son de tierra apisonada, salvo la plaza central, donde la piedra gris guarda la huella de generaciones. Allí se reúnen los jueces, los pregoneros y, al caer la tarde, los músicos que hacen cantar las flautas de hueso y los tambores de piel de orven. No hay viaje por Eorient que no comience o termine en esa plaza.

Rocaverde es amable con el viajero y más amable aún con quien sabe decir “gracias” y paga a tiempo: te hacen sitio en la mesa aunque llegues tarde y nadie reprocha; si ven cansancio, aparece pan sin que lo pidas y sonrisas que calman el alma. Rocaverde fue donde aprendí a mirar antes de comprar y a saludar antes de preguntar. Dicen que tiene quince mil almas; yo conté menos al amanecer y muchas más a la hora del mercado. Aquí todo es público: Si vas a empezar a caminar Edrenor, empieza por Rocaverde: no porque sea la más grandiosa, sino porque te enseña las reglas sin gritar.

Aquí todo se ve; los taritowo del mercado son, de lejos, los mejores de Eorient —no lo digo yo: los mejores narradores del mundo se pelean por dar su arte, y eso lo dice todo—. Si te paras en la plaza lo abarcas todo: las balanzas que suenan como campanillas, los gremios con sus tablillas colgadas y, al fondo, la casona del conde Varkian dominando el valle desde la colina como un cuchillo clavado al revés (empuñadura arriba, hoja hundida en la tierra). Rocaverde se extiende como un tablero ordenado: al norte el Mercado Alto —paños, granos, sal, cuchilleros, sellos de gremio—; al sur el Mercado Bajo —fruta abierta, quesos que suspiran, guisos que te agarran de la nariz y te llevan—. Las torres del mercado, esas que se ven desde la huerta de Andor, marcan horas, pregonan edictos y llaman a subasta; entre ambas mitades, la calle de los toneleros late todo el día y, si escuchas tres golpes seguidos y uno largo, hay barril nuevo y cerveza inquieta.Arriba, sobre la ladera este, descansa la casona Varkian: piedra vieja, ventanales como ojos que no parpadean, siempre con guardia visible. No te acerques por puro turismo: escucharás antes la voz de un alto que el canto de los pájaros. Más abajo, casi pegada al Mercado Alto, está la mansiόn de Clionade: fachada de estuco blanco, contraventanas rojo oscuro, patio de arcos con naranjos. Es casa de mercaderes viejos y bolsillos hondos; financian envíos, prestan a gremios, apadrinan aprendices y —cuando les conviene— regalan pan en la plaza. A Clionade se entra por carta o por recomendación; si vas con sólo curiosidad, quédate en la vereda y mira los arcos. Es un viejo orgulloso y avaricioso.

Rocaverde tiene Ankikis: esos callejones no son para cualquiera. No son para turistas. Entran barriles, salen barriles, a veces muchachos con tizne en la cara y sonrisas que prometen secretos. HAY DE TODO. Es lo más oscuro que conocerás de Rocaverde. Consejo limpio: no entres si no te guía un vecino del barrio. Se entra por curiosidad y se sale por milagro.

Sobre su Gente, fe y costumbres.
Rocaverde es humana hasta el tuétano. La familia se ve en los patios, la transacción en los mostradores. No hay prostíbulos ni “casas indiscretas”: quien busca tentaciones paga el carro hasta ciudades del Adia. Aquí hay posadas, tabernas y mesones donde se come de pie si el día arrecia. La fe camina con botas: verás capillas modestas y, últimamente, sermones del “Sol Nuevo” en la plaza (llegan con clarines municipales, palabras de orden, promesas de calor y progreso). Aplaude si te nace; discute en voz baja si no. Rocaverde valora la cortesía por encima del acuerdo.

El regateo aquí es danza y tradición. Un poco siempre hace bien. Lo toman con respeto —y, curiosamente, con agrado— porque «si no peleas por lo que quieres y tienes, no eres de fiar», dicen. Entra saludando, mira sin tocar, ofrece con respeto. Si el vendedor te dice «no puedo», suele significar «puedo, pero búscame un camino». Y si la cosa se tuerce, pide un vaso de agua: enfría la garganta y saca la discusión de la boca; nadie niega un poco de agua a quien la pide con educación.

Comer y beber en Rocaverde ya es razón suficiente para volver. La Tortilla de Rocaverde es palabra mayor: la sirven en cada esquina, sí, pero yo cruzo medio mercado por dos mesas. En la Taberna La Tortilla —esquina del Mercado Bajo con los toneleros— la plancha negra sella un borde crocante y deja el centro tierno; lleva salchicha de malibä, choji verde y huevo, suave por dentro y crujiente por fuera. La porción te sale 8 cobres, y si pides la salsa de bramar (esas bayas negras que pican más de lo que confiesan) entenderás por qué a los carreteros se les moja el ojo al partir. La del Quemado, en el pasaje de los Curtidores, tiene menos fama y más queso; aquí tampoco te romperán la bolsa: los mismos 8 cobres, pero qué manera de discutir el punto exacto de cocción —allí no se regatean monedas, se regatea el dorado—. Pan para acompañar no falta (hogaza a 5 cobres), y si cae la tarde con hambre larga, un guiso de laladolas con choji verde te templa por 8 cobres o una calabarra mediana para dos te arregla por 5.

Para mesa larga y conversación, bajo las torres está La Cuerda Floja: vino honesto, cuchillos que cortan y música sin soberbia. A la hora azul se llena de artesanos; si oyes tres golpes y un silencio, no es pelea: están cerrando trato con los nudillos. Allí la jarra de cerveza se mantiene en 5 cobres, y el vino “de casa” —que es vino de verdad— en 1 plata y 5 cobres la jarra. En la calle de Pesas, El Gremio Ciego sirve sombras frescas y cuentos largos; los comerciantes entran por la puerta chica, los relatos por la grande. Aquí el posadero intentará colarte “vino de pozo” a 8 cobres (media jarra de agua, media de arrepentimiento). Truco de jarra para quien llega nuevo: pide “vino de casa, no de pozo” con sonrisa. Te devolverán la sonrisa… o el precio.

Para dormir con conciencia tranquila, la Posada de la Cinta Azul —Mercado Bajo, esquina de los toneleros— ofrece cama limpia, brasero que no humea y una tortilla que se gana sola un sitio en la memoria. La noche, con tortilla y pan, anda en 1 plata y 8 cobres; si además quieres baño de agua caliente, súmale 4 cobres. El establo del callejón de atrás cobra 8 cobres por animal con forraje, y si te fallan las suelas, el zapatero de la esquina te salva con parches a 4 cobres la pieza. Lámparas hay por todas partes —el aceite chico te lo dejan en 4 cobres— y, si vienes con mares en la cabeza, los puestos “confiables” del Mercado Alto ofrecen amuletos simples de ámbar por 2 platas (no te prometen milagros, pero dan conversación).Los oficios se anuncian sin grito: paños, panaderos, toneleros, curtidores… cada gremio lleva su medalla discreta en la solapa y su libro invisible en la cabeza. Pide con respeto; si vas a pedir fiado, pide primero perdón. En la plaza encontrarás al criador de gágridos: aves leales a la ruta y al olfato. Para el valle, 5 cobres te llevan la carta y te la traen de vuelta con respuesta; si apuras destino fuera de Andor y quieres ida y vuelta en el mismo día, prepara 1 plata y paciencia de viento.

El clima del valle es templado y amigo del caminante: primavera huele a agua limpia y a kreen recién arrancado; en verano el calor cae derecho, pero el Adia refresca la tarde; otoño baja claro; el invierno apenas posa escarcha en la mañana. De puerta norte a puerta sur cruzas Rocaverde en tres cuartos de hora arena a paso parejo (nadie lo cumple: siempre hay un puesto que te distrae).

De Andor a la plaza es una hora arena por camino llano; un poco menos si un hortelano te enseña el atajo, y jurarás por los Ävaner no contarlo.La ley aquí se lee de pie. A mediodía, cuando el sol da justo en el lomo de los toldos, los escribanos declaman lo del día: tasas, desvíos, sanciones. Últimamente los edictos gustan de palabras como “seguridad” y “orden de mercado”. Escúchalos, asiente con la cabeza y guarda el comentario para el patio del posadero; con uniformes no se discute. Si necesitas réplica, hazla con gremio y calma. Por lo demás, camina con ojos y paga con manos. Una cuerda de marn de diez varas te la dejan en 5 cobres; una red de pesca decente por 1 plata; un cuchillo de cocina que corte en 4 cobres. Si te piden más por cualquiera de estas cosas, o es fiesta… o eres muy mal negociador. Pero no te preocupes: aquí se aprende rápido. Rocaverde enseña sin gritar. Y si vuelves, que volverás, será por la tortilla, por la jarra justa y porque en esta plaza —no sé por qué— el corazón se siente como en casa. Consejos que a mí me han servido: Llega al alba por el camino de Andor: los panaderos están de buen humor y los precios también. Si te pierdes, sube a las torres al caer la tarde: verás los toldos como un mosaico y la luz de Lath peinando las piedras. No te metas a los Ankiki sin un vecino delante y otro detrás. No discutas en la plaza por un precio: los tratos se arreglan bajo toldo y con voz baja.

Si un edicto te roza, pregunta a un escribano o a un gremio; no le grites a la campana.Y nunca, nunca, digas que la tortilla es “como cualquiera”: en Rocaverde, eso es pelear.Rocaverde es esa rareza: una ciudad donde la moneda suena y aun así las manos comparten.